Lloro despidiéndome de un destino para llegar a otro que será igual de efímero que el anterior, pero de marca indeleble.

No importa que tanto me tape los ojos. Vidrio, sol y asiento-de-auto se complotan para que salga de un sueño pesado y me entregue a un nuevo día. Con los párpados pesados recuerdo los pies en la arena, la sal en la piel, el agua tan cristalina que me dan ganas de comerme el mar. Si, COMERME EL MAR. Como si uno pudiera fusionarse con ese espíritu de naturaleza cambiante, profunda y con su destino.

Un paisaje. La sonrisa de un extraño que arrastra las palabras tal como indica su dialecto natal. Una emoción  para la que aún no he encontrado las palabras que me dice que cada día de sol furioso es el marco de un nuevo capítulo.

 

Hace sólo unos pocos días estuve frente a un volcán, y sentí paz. Y alivio.

No importa cuánto haga, que batallas pelee, cuáles sean mis contradicciones, errores y aciertos, el volcán es el volcán, y es el que manda. En virtud de su presencia, no puedo más que ser humilde. Darle las gracias con un nuevo nudo en la garganta y seguir caminando con una nueva marca en mi alma.

La piedra es caliente pero el aire es frío. Los pies avanzan con un poco de miedo a las alturas, pero siguen. El tiempo flota siguiendo el ritmo exacto del viento que sopla, este gigante milenario enfrente mío y yo acá, casi creyendo que me habla a mí, como si fuera especial.

Como si me diera la misión de  encontrar las letras que combinadas nos lleven a los dos a la descripción tan exacta de un sentimiento que se pudiera tocar. Tan concreto y evasivo como el humo que ven mis ojos. Que me dice que está vivo, que no tiene ganas de dormirse, que viejos son los trapos.

Pero es que de nuevo ese sol me pide que tenga el amor y la valentía de seguir con mi nueva forma, cada día soy un poco distinta y más yo misma.

 

Mis ideas son como el tránsito de Nápoles

Descontroladas, des-regladas, se agolpan para todos lados y apenas pueden, pasan sin guiño. Se tiran a la vida y después ven como la hacen. Mis ideas no tocan bocina. De alguna manera bizarra se respetan, pero observándolas de cerca, todas tienen choques, marcas, rayaduras, luces y espejos rotos.

Llegan a destino tarde, pero llegan, todas juntas, con su orden propio del caos.

Mis ideas son como autos de todos colores. Algunas más sofisticadas. Otras como reliquias en decadencia. Algunas se ven como autos deportivos. Y no faltan aquellas como vans setenteras pintadas por hippies.

Cuando llega una idea camión, el problema es que me cuesta cruzar de un lado  otro por debajo de los puentes. Siempre tengo miedo de que se raspe el techo o que la atura no de. A mitad de camino me pregunto qué es lo que estoy haciendo, pero avanzar es lo innegociable.

Hace un año del caos emergía una forma, indefinida, sí. Pero una forma. Hacía tiempo que venía buscando una respuesta a una pregunta de engañosa apariencia simple:

 

Y ahora, ¿qué?

Sentía la necesidad de ir más profundo. Bajar y encontrar esos nudos que eran yunques y desatarlos, hacerlos mierda. Rehacer las conexiones y finalmente dignarme a crecer y a creer.

Como siempre, esa magia que se desprende y dirige hacia las almas que se deciden a ponerse en movimiento; una serie de eventos me guiaron hasta que encontré el camino. Ese que había amagado transitar en mi infancia y adolescencia, cuando escribía y soñaba con dirigir películas mientras viajaba.

En algún momento me desconecté, me intimidé, la perspectiva del camino desde donde estaba parada y tiesa,  se veía demasiado difícil, larga, llena de frustración. Como si me fuera desgranando a cada paso. Todo para no llegar a ningún lado después del esfuerzo de una vida.

No sé porque no aprendí antes a seguir mi intuición, a confiar, a ser real. Solo sé que sí lo aprendí ahora. La madurez llega en formas y tiempos diversos.

La necesidad de revelarse y rebelarse, también.

Seguir adelante es la única opción. La verdad que rige mis días, tanto o más que el sol que entra por la ventana del auto. Casi como el tiempo que flota al lado de un volcán.

De nuevo, abro los ojos a un nuevo capítulo, siento el cansancio apacible de la ruta, el agradecimiento que colma el alma, el aire tibio que me recuerda que estoy en viaje.

Las cosas no salieron como pensaba, salieron como sentía.

 

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